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viernes, 30 de diciembre de 2011

Lo encontré!!!

 Creo que encontré la inspiración del autor Peter Freund, cuando escribió los nombres de la novela Laura y el Secreto de Aventerra. Aclaración, son sólo supociciones.
Visiten estos dos links:
http://en.wikipedia.org/wiki/Ravenstein,_Germany
Ravenstein es una ciudad en el distrito Neckar-Odenwald, en Baden-Württemberg, Alemania. Se encuentra a 19 kilometros al noroeste de Künzelsau, y 26 km al este de Heilbronn.http://en.wikipedia.org/wiki/Hohenstadt#Main_sights
Hohenstadt es un municipio en el Göppingen (distrito) de Baden-Württemberg en el sur de Alemania. Se encuentra ubicado en la meseta de Suabia, a unos 20 km al sur de Göppingen.

Laura y el Secreto de Aventerra: 4

 Capítulo 4


El chuipí cruzó la cima de la colina, correteó por el prado bañado por el sol, se levantó sobre las patas traseras y curioseó a su alrededor con sus ojillos redondos. Movía la cabeza peluda de un lado a otro sin parar, olisqueando el aire. Así, erguido, el animal apenas mediría una vara justa. Su parecido con un mapache era asombroso: tenía grandes manchas negras alrededor de los ojos y un sedoso pelaje grisáceo que brillaba a la luz. La cola, espesa, ensortijada y de un color negro plomizo, era casi la mitad de larga que el cuerpo y estaba en continuo movimiento. Ciertamente, sus orejas recordaban las de un oso de peluche; y tenía alas en el lomo, unos apéndices voladores de una piel muy fina que se extendían y se plegaban como las alas de los murciélagos.
Al final, el peludo animal lanzó un chillido agudo y nervioso, extendió sus extremidades voladoras y se movió en una Angular mezcla de amplios saltos y un torpe aleteo.
La voz de un joven se oyó con claridad en el silencio.
—¡Tragaldabas! ¡Tragaldabas! ¿Dónde te has metido?
Inmediatamente después apareció por detrás de la colina un muchacho grandullón que llevaba de las riendas un caballito pardo de la estepa. Debía de tener unos catorce veranos más o menos. Iba descalzo, y llevaba un jubón y unos pantalones hasta la rodilla, ambos de cuero marrón. En su compañía se encontraba una muchacha con un sencillo vestido blanco que le llegaba por debajo de la rodilla. Era algo más pequeña. Tenía las mismas facciones bien proporcionadas del muchacho y los mismos cabellos rubios, aunque los suyos eran mucho más largos que los de su hermano y los llevaba recogidos en gruesas trenzas.
Una vez en la cima ambos se detuvieron, colocaron las manos a modo de visera para protegerse los ojos y olearon el inmenso valle que se extendía ante ellos. Al poco rato la niña tendió el brazo y señaló un árbol situado a una distancia unos cincuenta pasos.
—¡Mira, Alarik! —Dijo con exaltación—. ¡Allí, en el árbol!
El muchacho miró en la dirección que su hermana le señalaba con un gesto de fastidio.
—¡Debí figurarme enseguida que ese glotón iría derecho al siguiente frutal de manzanas aromáticas! Habrá percibido el olor desde lejos y por eso se ha escapado. —Y luego, girándose hacia su hermana, le dijo—: Vamos. Alienor, seguro que las manzanas nos gustarán tanto como a Tragaldabas.
Los hermanos se cogieron de la mano y echaron a andar mientras el poni de color canela los seguía al trote.
Aún se encontraban a una buena distancia del árbol cuando les llegó a la nariz el exquisito aroma de las manzanas. Olían a bayas silvestres, melones dulces y miel de acacias. El chuipí estaba sentado en la rama más alta, con uno de aquellos frutos dorados sujeto entre las patas delanteras. Lo mordisqueaba chasqueando la lengua ruidosamente.
—¿Tienes que hacer tanto ruido, tragaldabas? —le reprendió el muchacho, mientras cogía algunos de aquellos abultados frutos para él y su hermana.
Sin embargo, el chuipí no le hizo ningún caso. Al revés, chasqueó la lengua haciendo aún más ruido que antes.
Alienor torció el gesto.
— Tragaldabas no aprenderá nunca —dijo—. Pero consuélate, Alarik. Al menos se ha quedado contigo y no ha ahuecado el ala para irse con sus ariscos parientes al Bosque de los Murmullos. Aparte de ti, no conozco a nadie que tenga un chuipí domestico.
-¿Te extraña?—le sonrió Alarik irónico y le tendió a su hermana una manzana—. ¡Yo también me quedaría si me trataran igual que yo a él!
Los hermanos se sentaron en la hierba a comer las sabrosas frutas. Entretanto, pasearon la vista por los prados cuajados de flores, los fértiles campos y los frondosos bosques que se extendían hasta el horizonte. Ninguno de los dos decía ni una palabra, sólo se oía el zumbido diligente de las abejas y los abejorros, el alegre trino de los pájaros y los ruidosos chasquidos de Tragaldabas.
Después de saciar el hambre con la segunda manzana, de la que se comió hasta las pepitas del corazón, Alienor se tendió de espaldas mirando el cielo azul, donde se vislumbraban dos lunas a pesar de que aún era pleno día: una dorada, y la otra profundamente azulada que emitía un brillo claro y luminoso. Sorprendida, la muchacha se incorporó y se dirigió a su hermano.
—¿Me equivoco, o la Estrella de los Humanos brilla hoy más luminosa que nunca?
El muchacho replicó a su mirada interrogante con el ceño fruncido.
—Deberías prestar más atención cuando hablan los ancianos —le dijo con un tono de reprimenda en la voz—. ¡Pues claro que la Estrella de los Humanos brilla hoy más luminosa que nunca, porque hoy está bajo el signo del Trece, por eso! Es un día muy especial, Alienor. No sólo para los habitantes de la estrella de los Humanos, sino también para nosotros. Porque en el día de hoy...
Un eco amenazador retumbó de súbito en la lejanía y dejó al muchacho sin palabras. Sonó como un profundo rugido que parecía provenir de las fauces del infierno. Alienor se sobresaltó.




—¿Qué ha sido eso? —preguntó mirando asustada a su hermano.
El rostro de Alarik adquirió también una expresión temerosa.
—No lo sé. ¿Un mork rapiñero o un grolff, tal vez?
La niña sacudió la cabeza con ímpetu.
—No creo, Alarik, eso sonaba peor. ¡Mucho peor!
Se apresuró a levantarse y miró a su alrededor. Aquel inquietante sonido volvió a extenderse como una amenaza a través del apacible silencio; y esta vez resonó más fuerte y más cerca que antes.
El chuipí profirió un chillido de espanto, dejó caer la manzana y se deslizó chuipeando
—Venga, Alarik —exclamó la niña—, será mejor que regresemos.
El joven no contestó. Oteó el horizonte, y de repente vio que a lo lejos, al sur, el cielo se oscurecía. Tragó saliva, a continuación se dio la vuelta y profirió un fuerte silbido.
Al instante el caballito pardo apareció al trote y los dos hermanos se subieron a la grupa con rapidez. Alarik se metió al chuipí bajo el jubón, agarró las riendas y azuzó al poni de la estepa con los talones en los costados.
Poco después galopaban por la altiplanicie plateada dere¬chos hacia el gigantesco castillo de Grialsburg, que se alzaba ante ellos en la lejanía.

Cuando salió de casa después de desayunar, Laurá constato que la lluvia nocturna había dejado el cielo azul y limpio. Apenas lo emborronaban unas pocas nubes aborregadas. Los rayos del sol hacían brillar el asfalto mojado de las calles, y los tejados relucían con una luz mate.
Laura y Lukas colocaron las mochilas en el maletero del monovolumen Mercedes y se acomodaron en los asientos traseros. Sayelle se sentó al volante, introdujo la llave en el contacto y arrancó, Se oyó el zumbido del motor y el coche empezó a salir por el camino particular.
Al cabo de pocos minutos habían dejado atrás las casas de Hohenstadt. La carretera serpenteaba por un romántico paisaje de colinas, atravesaba riachuelos y torrentes, se internaba en valles y ascendía por ligeras elevaciones del terreno. Laura se conocía de memoria el camino desde Hohenstadt a Ravenstein desde hacía tiempo no necesitaba mirar por la ventana para adivinar dónde estaban en cada momento. ¿Cuántas veces habría recorrido ya ese trayecto? Eran tantas que ni siquiera las podía contar.
Antes, casi siempre conducía su padre. ¿Qué habría sido de él? ¿Seguiría sufriendo a causa de sus heridas? Laura se apesadumbró al evocar los recuerdos de la noche pasada. Pero ¿qué podía hacer ya?
Nadie hablaba. Sólo se oía el ligero runrún del motor y una música suave en la radio. Sayelle no podía soportar el silencio, eso es todo. Allí donde estuviese, en la cocina, en el comedor o en su despacho, siempre tenía que haber música. Y en el coche también, por supuesto.
De vez en cuando, Sayelle lanzaba una mirada de soslayo al retrovisor para observar a los niños, aunque éstos hacían como si no se dieran cuenta. Laura tenía la cara blanca como la tiza. Permanecía inmóvil, con la mirada absorta. Por su parte, Lukas jugaba silencioso con su desgastada pelota de tenis. La lanzaba al aire con la mano derecha y la volvía a coger. Repetía el procedimiento con una tenacidad incansable: diez veces, cincuenta veces, cien veces. Absolutamente irritante el estúpido tic, pensó Sayelle.
No obstante, a Lukas no le molestaba lo más mínimo.
«Plof», hacía la pelota en su mano una y otra vez, «plof...Plof...»
La capa de fieltro ya casi había desaparecido y era imposible reconocer que una vez fue de color amarillo canario.

Daba igual. Para Lukas aquella pelota era una posesión valiosa Casi sagrada. Puesto que era la pelota con la que Boris Becker había dado un giro decisivo al partido en su primera victoria de Wimbledon. Pero no porque Boris Becker fuera alguien especialmente importante para Lukas. Después de todo, él ni siquiera había nacido por aquel entonces. Y, aunque sabía que Boris Becker había sido un gran jugador de tenis, nunca lo había visto jugar. En realidad, el motivo por el que aquella pelota de tenis era tan súper importante para él se debía simple y llanamente a su padre.
Marius le había traído la pelota cinco años atrás, de Londres, donde participó en un congreso internacional sobre el significado de las leyendas y los mitos modernos. Allí tuvo oportunidad de hacerse con la legendaria pelota de tenis y, una vez de regreso, se la regaló a su hijo.
Por entonces Lukas acababa de empezar a jugar a tenis. Se aplicó al asunto con entusiasmo y acudía a entrenar con regularidad. Formó parte del equipo infantil, y más tarde llegó a jugar con el Junior-Team.
Sin embargo, desde hacía un año jugaba muy poco. Ya no le divertía, eso es todo. Ahora bien, no quería separarse de la-pelota-decisiva-para-Boris-Becker-en-Wimbledon.
Por nada del mundo.

El Guardián de la Luz gimió. El anciano yacía en el lecho de su alcoba, con aspecto agotado. Sudaba por todos los poros causa de la fiebre. Apenas habían cambiado unos momentos antes la sábana que le cubría, y sin embargo o través estaba empapada.
El caballero Paravain permanecía sentado en un taburete de madera junto al lecho de su señor. Ya no llevaba la armadura de cuero, sino únicamente una ropa ligera con adornos rojos sobre una sencilla túnica blanca, Y observaba al anciano muy preocupado.
Paravain sentía crecer la desesperanza en su interior. ¿Se acabaría todo ahora? ¿Acaso todos sus esfuerzos y afanes habían sido inútiles? Desde que fue llamado a Grialsburg el día de su decimotercer cumpleaños para formarse como caballero en el castillo, siempre había luchado por la causa de la Luz. Los enfrentamientos con los Poderes Negros en batallas y contiendas eran ya incontables. Pero él y sus hombres siempre habían logrado salir airosos frente a los ataques de los Ejércitos de la Oscuridad, y habían doblegado al enemigo. ¿Habría sido todo aquello en vano?
Paravain se hacía reproches contra su propia persona y le reconcomía un amargo sentimiento de culpa. Nadie más que él era responsable del bienestar de su señor. Y, por mucho que hubiera desempeñado su cometido de un modo intachable y ejemplar durante años, ahora había fracasado. Acababa de ocurrir lo inconcebible: Pestilencia, la espada del Mal, había ocasionado una herida al Guardián de la Luz, y él, el jefe de la guardia real, no había podido evitarlo. Y lo que era aún peor...
Unos golpes en la puerta sobresaltaron al caballero, alejándole de aquellos confusos pensamientos. Paravain se irguió.
-¿Sí?
Cuando la puerta se abrió y reconoció a su escudero Alarik en el umbral, Paravain se apresuró a levantarse.
—¡Espera ahí fuera, ya voy!
Alarik no debía ver a Elysion. No era preciso que supiera cómo estaba su señor. Aún era demasiado joven para asimilar la terrible verdad, pensó el caballero. Sólo se asustaría y. de cualquier manera, tampoco podía ayudar.
Paravain salió de la alcoba, cerrando la puerta detrás de él, y dirigió al joven una mirada interrogante.
Alarik se inclinó con una humilde reverencia.
—tengo una misiva para usted, señor. Dardo Alado ha regresado del País de la Niebla. Le ha hecho llegar a Morwena vuestro mensaje.
—Muchas gracias, Alarik—respondió el caballero con una leve sonrisa—. Puedes retirarte. Pero antes, dile a tu hermana que prepare una infusión para el Guardián de la Luz…
—Muy bien, señor.
El escudero volvió a inclinarse y luego se marchó. Sus zapatos de cuero blando apenas hacían ruido sobre las baldosas de piedra.
Paravain regresó a la alcoba de Elysion y volvió a sentarse junto al lecho de su señor, cuyo estado no había experimentado ningún cambio. Lleno de preocupación, el caballero se abismó en sus pensamientos con la mirada ausente. El hecho de que Morwena no estuviera en Grialsburg era francamente terrible.
Justo en el momento en que la necesitaban con mayoría urgencia, la sanadora de Hellunyat se encontraba con su padre Rumor, el rey del lejano País de la Niebla. Unos días antes, le había enviado a su hija un mensajero rogándole su visita. Tal vez Morwena era la única que podía ayudar a Elysion. En cuanto Dardo Alado le transmitió el mensaje de Paravain, la sanadora había emprendido el regreso con el fin de llegar tan rapido como fuera posible a Hellunyat. Pero, por más veloz qué fuese su cabalgadura, el viaje aún le llevaría varios días, más, los Poderes Negros harían cualquier cosa imaginable con tal de retrasar, o incluso impedir, el regreso de Morwena. Así pues, era bien posible que llegara demasiado tarde...
El pensamiento era tan terrible que Paravain no se atrevía seguir el curso de sus cavilaciones hasta el final. Si lo impensable realmente llegaba a ocurrir, nadie podría detener a los Poderes del Mal. Sería el final. Aventérra sucumbiría, también sería el fin de la Estrella de los Humanos. Despuntaría el imperio de la Nada Eterna.
El caballero Paravain se puso rígido. ¡No! Eso no podía suceder. ¡Nunca!
El Guardián de la Luz. Volvió a quejarse. Sus blancos cabellos estaban húmedos y, a la luz de la vela, las gotas de sudor le brillaban en la frente como diminutas perlas plateadas.
Paravain empapó un paño de lino en una jofaina con agua fría, lo escurrió cuidadosamente y le refrescó la frente al enfermo de muerte.
— Bien — dijo éste, jadeando —. Esto hace bien. ¿Podrías darme algo de beber?
—Pues claro, señor—. Paravain se apresuró a dejar el paño a un lado, cogió una garrafa de agua y llenó un vaso. Después le puso el brazo izquierdo por debajo de la espalda para que el anciano se incorporase y le llevó el vaso de arcilla a los labios.
El Guardián de la Luz bebió a pequeños sorbos. Una vez que hubo vaciado la mitad del vaso, no quiso más.
— Gracias — dijo —. Te doy las gracias.
Mientras Paravain apartaba el vaso, el anciano se dejó caer sobre la almohada, desfallecido. Por un instante el silencio reinó en la alcoba. Sólo se oía el ligero chisporroteo de las velas.
El enfermo miró al joven caballero, agotado. Pero éste apartó la vista, volvió a coger el paño y lo sumergió en el agua. En el momento en que se disponía a ponérselo en la frente, Elysion agarró a Paravain del brazo con fuerza.
— ¿Por qué no expresas lo que te reconcome el corazón? — le preguntó con voz entrecortada.
Paravain miró asombrado a su señor. A pesar del tiempo que llevaba al servicio del Guardián de la Luz, aún no había conseguido acostumbrarse al hecho de que pudiera leerle el pensamiento. A Paravain esto le pillaba continuamente por sorpresa.
— Pues bien — dijo el caballero —. ¡Si ése es vuestro deseo! — Y haciendo acopio de todo su valor preguntó—. ¿Quién... quién se lo ha dicho?, ¿quién la ha iniciado en el gran misterio?
Aunque el Guardián de la Luz se encontraba muy débil, sacudió el cabeza enfadado.
— ¡Que pregunta tan insensata! — respondió en tono de reprimenda.
Paravain se mordió los labios contrariado.
Sin embargo el anciano no lo tuvo en cuenta.
—Así ha sido desde el principio de los tiempos —prosiguió—. La madre se lo dice al hijo, y el padre a la hija. Pues igual ha ocurrido en este caso.
Paravain levantó la cabeza de golpe y miró fijamente a su señor. Su mirada revelaba una gran confusión.
—Pero... no... no entiendo, señor —balbuceó-—. ¿Cómo puede ser eso posible? Pero si su padre aún está...
— ¡Calla, timorato! —Le ordenó el Guardián de la Luz a su caballero con un punto de ira en la voz, al tiempo que se incorporaba con gran esfuerzo—. ¡Calla y confía en la fuerza de la Luz!
Luego volvió a hundirse extenuado en el lecho. Cerró los ojos, y poco después cayó en un profundo sueño.

Cuando el coche llegó a la cima de la colina, el castillo de Ravenstein ya se vislumbraba en la lejanía. Había sido construido en la máxima elevación del terreno y por eso se avistaba desde lejos. Sin embargo, Ravenstein no era ninguna gran fortaleza, ni tampoco un castillo despampanante, sino más bien una construcción pequeña y de límites abarcables. No obstante, aquella edificación, cubierta de hiedra por aquí y por allá, poseía todos los elementos propios de un verdadero castillo: altas torres, un puente levadizo y un foso, estremecedoras mazmorras casamatas oscuras y sinuosos pasadizos secretos. Y hasta corrían rumores de que, en las profundidades subterráneas de los sótanos, existía una cámara de tortura con los instrumentos debidos. Aunque ningún ravenstiano, como se solía denominar en general a los alumnos del internado, la hubiera visto hasta entonces.
Reimar von Ravenstein, un caballero de industria, tristemente célebre por sus fechorías, mandó construir el castillo en la primera mitad del siglo XII. Le servía de residencia y de fortaleza era el refugio desde donde hacía de las suyas, Sembrando el miedo y el espanto por los alrededores. La crueldad con que trataba a sus enemigos se hizo tan legendaria como la falta de escrúpulos para con sus súbditos. Los impuestos y tributos eran excesivamente elevados. Oprimía a aquella pobre gente que vivía en la más amarga miseria hasta que le pagaban el último céntimo. Y cualquiera que se rebelase contra aquella soberanía del horror recibía un castigo implacable. Una palabra equivocada podía costarle la vida a cualquiera, y por una mirada de desaprobación, innumerables personas habían ido a parar al calabozo, lo que significaba una muerte larga y tormentosa.
Así pues, no es extraño que a Reimar von Ravenstein se le conociera con el sobrenombre de «el Despiadado», aun cuando, como es natural, nadie se atrevía a llamarlo así en su presencia.
Con el paso de los siglos, el castillo de Ravenstein fue destruido y reconstruido varias veces, y desde 1888 albergaba el internado del mismo nombre, lo que había requerido realizar reformas y edificar anexos. Las dependencias de Reimar von Ravenstein fueron transformadas en aulas de clase; en los dormitorios de los sirvientes se alojaban ahora los estudiantes; la sala de ceremonias hacía las veces de comedor, y en los edificios adyacentes, como las antiguas caballerizas, los graneros y la casita del jardinero, residían los profesores. Solo el pabellón de gimnasia del parque era completamen¬te nuevo, puesto que se había levantado sólo unos pocos años atrás.
En el extenso solar que rodeaba el castillo también se realizaron modificaciones. Ahora tenía el aspecto de un espléndido parque con un campo de deporte, una cancha de baloncesto y una pista de skateboard. En la dirección noreste, acotado por el Bosque del Verdugo, había un espacio verde muy agreste que se prolongaba más allá del parque; y al sur estaba el Lago de las Brujas.

Laura y el Secreto de Aventerra: 3

Capítulo 3: La maldición de la espada

En la gigantesca sala del trono de Hellunyat reinaba el silencio. Desde las abrazaderas de hierro fijas en la pared, sólo se escuchaba el rumor de las antorchas que despedían un humo ennegrecido de hollín y el crepitar del fuego en la chimenea de piedra. Elysion, el Guardián de la Luz, estaba sentado en un sillón, con la mirada absorta en las llamas, como si estuviera ausente. El resplandor del fuego se le reflejaba en el rostro,surcado de arrugas y el aromático olor a resinas le llegaba a la nariz.

Sin embargo, el anciano parecía ajeno a aquello. Ni siquiera se había percatado del ramo de preciosas flores encarnadas dispuestas, a modo de único ornamento, en un jarrón sobre la cómoda, junto a uno de los altos ventanales. Elysion parecía infinitamente cansado. Las imborrables huellas del paso del tiempo se dejaban ver en aquel bondadoso semblante, y en sus cabellos, blancos como la nieve, igual que su larga barba. El Guardián de la Luz vestía una sencilla túnica blanca y llevaba una simple cadena con un colgante alrededor del cuello. La joya estaba labrada en oro puro: un trabajo refinado y extremadamente cuidadoso que representaba una estilizada rueda con ocho radios.

Aunque se hallaba sentado cerca del fuego, el anciano temblaba. Un ligero escalofrío le recorrió el cuerpo y dio un suspiro apenas perceptible. Hacía horas que a Elyson le invadía una extraña inquietud que perturbaba sus pensamientos y le mantenía despierto. Contrariamente a su costumbre, ni siquiera se había retirado a su alcoba. Sabía que aquella noche no encontraría sosiego.

Sin embargo, el caballero Paravain le había asegurado que no había motivo alguno de preocupación. Se había doblado la guardia en todas las torres vigías y había centinelas distribuídos por todo el pasillo. Era poco menos que imposible penetrar en Hellunyat sin ser visto. No obstante, el Guardián de la Luz le recordó al jefe de su guardia personal que casi habían transcurrido trece lunas desde que los Poderes de la Oscuridad consiguieron adentrarse en el laberinto del castillo y robar el Cáliz de la iluminación con el Agua de la Vida.

—¡Una cadena de desgraciadas coincidencias! —manifestó Paravain-. Además, bien sabéis, señor, que si salieron airosos fue sólo fue porque había un traidor infiltrado en nuestras filas! —añadió para acabar.
El Guardián de la Luz miró con calma a su caballero.

—Las coincidencias no existen, caballero Paravain. Todo cuanto sucede tiene un sentido particular, aun cuando a veces no sepamos conocerlo enseguida. ¡Y nunca se está a salvo de la traición! —le contestó.
El anciano inclinó la cabeza de manera instintiva. ¡Oh, si, cuantas veces había conocido ya la traición en su larga vida! Cuán a menudo se había enterado de que no pudiéndose resistir a los halagos del enemigo uno de sus acólitos se había puesto a su servicio en secreto, convirtiéndose por tanto en un peligroso aliado de los Guerreros Oscuros. Porque un adversario reconocido siempre será más fácil de combatir que un supuesto amigo con un corazón donde anida la traición. Por ello, las Fuerzas Oscuras intentaban una y otra vez atraer hacia su bando a los caballeros de Grialsburg.

A pesar de su empeño, los Servidores de la Oscuridad nunca habían podido vencer a los Poderes de la Luz. ¡Aun cuando los conflictos hubieran sido cada vez más frecuentes y violentos, en la continua lucha entre el Bien y el Mal el destino siempre había estado del lado de la Luz! El rostro del anciano se iluminó al pensar aquello, y sus ojos azules y acuosos relampaguearon como los de un hombre joven. ¡Oh si, todavía estaba en condiciones de cumplir con el deber que se le había encomendado desde el principio de los mundos! Pero tal vez, tal vez, lentamente iba siendo hora de pensar en un sucesor…

Antes de que se abriera la puerta, Elysion ya presintió el peligro. Se levantó de un salto, y en el mismo momento alguien empujó los batientes de la puerta con una impetuosa violencia. Un puñado de Caballeros Negros irrumpieron en la sala en un gran estruendo, seguidos de Borboron. El Príncipe Negro llevaba la espalda en alto, y su afilada hoja, salpicada de incontables manchas de sangre, brillaba a la luz del fuego.
Al ver el arma, el Guardián de la Luz se sobresaltó bruscamente. Demasiado bien conocía el poder de aquella espada que no en vano llevaba el nombre de Pestilencia: forjada en el principio de los tiempos por los Albos Oscuros, más allá de las Montañas de Fuego, y dotada de poderes nigrománticos por los diabólicos fhurhures, era la única arma que podía ser su fatalidad. Y ahora que por primera vez desde tiempos inmemoriales aquella horrenda espada volvía a amenazarle, Elysion estaba sin protección.
Los ojos encendidos del Príncipe Negro recorrieron la gran sala del trono. Al darse cuenta que el Guardián de la Luz estaba solo, en su rostro macilento apareció una gran sonrisa sarcástica.

—¡Dame la bienvenida, Maestro de la Luz! —se burló, precipitándose hacia el anciano en grandes zancadas. Su voz profunda y gutural parecía provenir directamente de las profundidades del infierno.
Los Caballeros Negros se repartieron por la sala.

Elysion estaba atrapado y retrocedió lleno de temor. No parecía haber ninguna posibilidad de salvación, puesto que Borboron se acercaba con rapidez.
Los hombres observaban a su jefe con una sonrisa de satisfacción.
Entonces se abrió una segunda puerta y trece caballeros penetraron en la sala. Iban envueltos en armaduras blancas y habían sacado las espadas. A la cabeza se encontraba un gallardo joven: el caballero Paravain. Con una rápida mirada a su señor, el jefe de la guardia del rey reconoció la gravedad de la situación.
—¡En nombre de la luz, apartadlos! —gritó a sus hombres.
Mientras sus caballeros se interponían en el camino de los Guerreros Negros, Parabain se apresuró a ir junto al Guardián de la Luz para proteger su vida. Pero parecía que esta vez era demasiado tarde, porque Borboron ya casi le había alcanzado, y él se encontraba demasiado lejos aún para poder intervenir. Por si fuera poco, la gran mesa redonda, que estaba en medio de la sala, le cortaba el paso.
El jefe de los Poderes Negros alzó la espada por encima de su cabeza.
—¡Ha llegado tu hora, viejo! —exclamó, y se dispuso a asestar con implacable violencia. La hoja se dirigía justo a la cabeza del anciano, cuando Borboron produjo un fuerte alarido. Algo le había alcanzado en la espalda con una formidable contundencia, de modo que se tambaleó y el golpe de espada erró por un pelo la cabeza de su adversario.
Una sonrisa de alivio apareció en el rostro del caballero Paravain al ver que había defendido en el último momento a su señor de una muerte segura, arrojándole a Borboron un taburete. De un salto se plantó en la mesa y corrió por encima, antes de precipitarse sobre el Príncipe Negro y embestirle.
Borboron ya había vuelto a recuperar el equilibrio y el Caballero Blanco se puso en guardia. Entonces, el Príncipe Negro le atacó. Pero, ya en el primer golpe se vio obligado a conocer que estaba frente a un adversario de igual capacidad, aun cuando fuera mucho más joven y no tuviera tanta experiencia. Borboron contraía el rostro en una mueca de fiereza y sus ojos infernales centelleaban con más ardor que nunca, mientras Paravain paraba con destreza los golpes de Pestilencia antes de atacar a su vez. Aquellos hombres tan dispares se batían en una encarnizada lucha a vida o muerte, por eso ninguno de los dos quería ceder.
También sus secuaces se habían entregado en un encarnizado combate. Por toda la sala resonaban los jadeos y lamentos de los hombres, así como el repiqueteo de los aceros. Las chispas saltaban por la estancia igual que luciérnagas extraviadas cuando las espadas chocaban entre sí. Con el ronco estertor de la muerte, se fueron desplomando en el suelo un espadachín tras otro, cosa que parecía estimular a los demás. Los Caballeros Negros se aprestaron a defenderse con todas sus fuerzas, pero no pudieron resistir por mucho tiempo frente a la guardia personal de Elysion. Habían caído tantos hombres frente a las espadas de los Caballeros Blancos que el Príncipe Negro se vio obligado a reconocer que ya no tenía ninguna posibilidad de ganar.
—¡Atrás, soldados! ¡Retroceded en retirada! —ordenó a sus guerreros, procurando disimular la decepción que había en su voz,
Su escolta obedeció enseguida, mientras Borboron hacía un último y furibundo intento para matar a su adversario. La punta afilada de Pestilencia se acercó a la garganta de Paravain, que había dirigido su atención a Elysion durante un momento excesivamente largo. No obstante, el Caballero Blanco se apresuró a alzar la espada para repeler también aquel ataque, de manera que por un pelo pudo eludir la estocada mortal.
—¡No te alegres demasiado pronto, mentecato! —le gritó enfurecido Borboron—. ¡Volveremos a vernos y entonces te mataré! —Y dicho esto se dio la vuelta sobre sus talones y fue el último en huir de la sala.
—¡Perseguidlos y procurad que ninguno de ellos se quede en las murallas de Hellunyat! —ordenó Paravain a la guardia del rey.
Los Caballeros Blancos se apresuraron en ir tras el enemigo para expulsarlos de Grialsburg. El joven jefe, por su parte, dio un paso hacia el Guardián de la Luz que se encontraba de pie junto a la chimenea, entre las sombras de la pared. El miedo se le había metido al anciano en el cuerpo, porque estaba tembloroso y pálido.
Paravain envainó la espada.
—No puedo entender cómo…
—La niebla —dijo Elysion cortándole con brusquedad en medio de la frase-. Venían del este y se han aprovechado de la Niebla Susurrante. ¿Acaso no habías alertado a los hombres?
—¡Por supuesto que sí! Pero es evidente que no han tomado en cuenta mis advertencias. Al fin y al cabo, muy pocos habían visto hasta ahora esos engañosos jirones de niebla.
—Son de gran ayuda para quienes saben servirse de ellos –dijo el Guardián de la Luz pensativo—. ¡Subraya esto a tus hombres mañana en la llamada a filas!
—Sin duda, señor. Podéis estar seguro —Paravain buscó la mirada del soberano y entonces se puso blanco.
—¡Oh, no! —se lamentó, mientras se tapaba la boca entre las manos y miraba horrorizado al Guardián de la Luz con los ojos muy abiertos.
—Lo sé —dijo el anciano con voz entrecortada—. Me ha dado.
Elysion se pasó la mano por la mejilla contraria y extendió los dedos hacia Paravain. Tenía las yemas ensangrentadas. A continuación, volvió la parte izquierda de la cara hacia el caballero, donde se veía el trazo de una delgada línea de unos cinco centímetros.
De sobra sabía Paravain lo que significaba una herida de la espada Pestilencia. Los cortes que ocasionaba su hoja no se curaban jamás, y los heridos morían irremediablemente de una muerte atroz, si no se les trataba a tiempo con el único antídoto efectivo: el Agua de la Vida. Sólo el elixir del Cáliz de la Iluminación podía salvar ahora a su señor. Pero el Cáliz se encontraba en posesión del enemigo. Los Poderes Negros lo habían escondido en la Estrella de los Humanos, aunque nadie sabía donde. El miedo asaltó a Paravain.
Un miedo que amenazaba con dominarlo.
—Sólo es un pequeño rasguño —aclaró el Guardián de la Luz con voz tranquilizadora. Sin embargo, de repente se tambaleó, le temblaron las rodillas y sus fuerzas se debilitaron a ojos vistos.
El Caballero Blanco dio un salto hacia su señor, sujetándolo antes de que se desplomara en el suelo. Y las lágrimas acudieron a sus ojos.
—¡Estamos perdidos, señor, ya no hay ninguna esperanza! —le susurró Paravain con voz ronca.
Pero el Guardián de la Luz se limitó a mirarlo con compasión.
—¿A qué viene tal desaliento, Paravain? ¡Siempre hay esperanza mientras uno se aferre a aquello en lo que cree!


A Dietrich el granjero no le faltaba razón. Por la noche se desencadenó una fuerte tormenta en la zona. En el transcurso de unas pocas horas la temperatura subió hasta situarse casi en los cero grados. El viento silbaba alrededor de las casas, sacudiendo con furia las ventanas, las puertas y las tejas de los tejados. Densos nubarrones surcaron el cielo y una fuerte lluvia se abatió sobre Hohenstadt, anegando de forma esporádica las calles de la ciudad.
De todo esto Laura no se enteró. Estaba tranquila en su cama, dormía profunda e imperturbablemente mientras iba al encuentro de su cumpleaños, de manera que tampoco oyó las campanas que acababan de dar las doce en el reloj de la torre.
Medianoche.
Pero de repente Laura escuchó una voz en sueños. Era una voz fuerte y clara que la llamaba por su nombre: «¡Laura! » Y luego otra vez: «¡Lauuuraaa! »
Laura se despertó sobresaltada, abrió los ojos y miró a su alrededor. A pesar de la oscuridad, enseguida reconoció a la figura delgada que estaba de pie junto a su cama: ¡era su padre!
La niña resopló sofocada.
¡Papá! ¡Pero no es posible! Marius Leander era un hombre alto y de buena planta. Una negra melena rizada enmarcaba aquel rostro afable de ojos marrones que miró a su hija con una cariñosa sonrisa.
—¡Muchas felicidades en el día de tu cumpleaños, Laura —dijo en voz baja.
Laura estaba estupefacta.
—Pero, papá, ¿cómo… cómo? —balbuceó con los ojos muy abiertos.
-¡Chist! –le advirtió Marius llevándose el dedo índice a los labios antes de proseguir—. ¡Pronto lo entenderás! Hoy celebrarás la festividad del Trece, Laura. Desde tu nacimiento han transcurrido trece veces trece lunas, de manera que ha llegado el día en que vas a ser admitida en el círculo de los Guardianes.
Laura tragó saliva, incapaz de decir nada. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Y cómo había llegado su padre de repente a la habitación? Los pensamientos empezaron a darles vuelta en la cabeza como un tiovivo, girando cada vez más deprisa.
—¡Has nacido bajo el signo del Trece! —le explicó Marius Leander a continuación-. Y es por eso que tienes una misión especial. ¡Tienes que encontrar el Cáliz! Que lo logres, depende únicamente de ti, de tu voluntad y de tu confianza a ti misma.
Laura empezó a sudar. El tiovivo cada vez giraba más rápido en su cabeza. «Bajo el signo del Trece. Guardianes. Una misión especial. Encontrar el Cáliz. Pero ¿qué significaba todo aquello? Volvió a sacudir la cabeza.
—Yo… no… no entiendo absolutamente nada, papá. ¿Qué misión es esa? Y… para empezar, ¿de dónde has salido así tan de repente?
—Todo a su tiempo —respondió Marius Leander mirando a su hija con cariño—. Habla con el profesor Morgenstern, él te lo explicará todo. Busca a Dorondón, la Niebla Susurrante. Me dio tiempo de esconderlo en la biblioteca antes de que me atraparan.
En aquel momento Marius vio la cadena encima de la mesa. Antes de acostarse, Laura la había sacado de la cajita para contemplarla una vez más. Una sonrisa apareció en el rostro de su padre.
—Veo que has pensado en ella sin mi ayuda —dijo, mientras cogía la joya en la mano y la miraba con melancolía—. Es muy valiosa, Laura. Esta Rueda del Tiempo perteneció a tu abuela. Ten mucho cuidado, porque te será útil en tu… —De súbito dejó de hablar y se sobresaltó. Arqueó la espalda y su rostro se contrajo en una mueca de dolor—. ¡No, no… no! —gimió.
Laura se percató horrorizada de que a su padre le golpeaban y de que llevaba la camisa completamente rasgada. Debían ser latigazos, pero el látigo… ¡Laura no podía ver el látigo con el que azotaban a su padre una y otra vez!
En aquel momento se dio cuenta de que su padre llevaba la ropa muy sucia y andrajosa, como si no se hubiera cambiado desde que desapareció. Además, iba descalzo y tenía los pies tan sucios que a buen seguro que no habían visto el agua desde hacía tiempo.
Ahora el látigo invisible le había fustigado en el rostro. Unos arañazos sangrientos le marcaron la cara. Su padre gimió de dolor, y de súbito se disolvió de la nada ante sus ojos. Apenas un momento antes aún estaba segura y ahora había desaparecido, igual que la llama de una vela apagada por una repentina corriente de aire.
Laura miraba fijamente hacia delante, boquiabierta.
—¿Papá? —musitó incrédula. Por unos instantes se sintió incapaz de pensar ni de hacer ningún movimiento. Después se desplomó en la cama y los pensamientos le empezaron a dar vueltas en la cabeza con más ímpetu que antes.
Igual que un tornado demoledor.
Luego todo aquello fue demasiado para ella y cayó en un sueño profundo.



Durante el desayuno Laura se encontraba fatal. Tenía la impresión de no haber dormido ni un solo minuto. Se sentó en la mesa con la cara pálida y la mirada perdida en el vacío. No podía probar bocado, y con el primer sorbo de cacao le sobrevino una violenta nausea.
Pensaba en su padre una y otra vez, en la forma en que se había presentado de repente en medio de su habitación y en que se retorció de dolor antes de retroceder. Y, encima, continuaba sin saber dónde se escondía ni cómo se podía explicar todo aquello.
¡Pero era imposible que una persona se desvaneciera sin más en el aire! «¡Es imposible que sucedan cosas así! »
—Créeme, Laura, todo eso sólo ha sido un sueño —dijo Lukas masticando un panecillo a dos carrillos.
En la comisura derecha de la boca tenía una mancha roja de mermelada y se le había pegado un trocito de queso fresco en la barbilla. El queso fresco con mermelada de fresa era su relleno favorito.
—Sólo ha sido un sueño —repitió insensible—. ¡Exacorrectamente igual que ayer, con el jinete y el Cáliz!
—¿Qué es eso del Cáliz? —quiso saber Sayelle.
Laura pasó por alto la pregunta de su madrastra y sacudió la cabeza con ímpetu.
—No ha sido un sueño —dijo.
Lo sabía con toda certeza. Si lo hubiera soñado, no hubiera desaparecido la cadena. Y, sin embargo, ya no estaba. No había rastro de la joya.
—Papá ha estado en mi habitación —se empeñó en afirmar Laura—, estoy completamente segura.
Sayelle apartó a un lado la taza de café y la miró con compasión.
—¡Ay, nena! —dijo con una voz exageradamente comprensiva, como si hablara con una cría de tres años.
Laura odiaba aquel tono, porque la hacía sentirse como una niña pequeña y tonta, como si no la tomaran en serio. Lanzó a su madrastra una mirada furiosa, pero al parecer Sayelle no se dio cuenta.
—Sabes muy bien que eso es imposible —prosiguió Sayelle en el mismo tono—. Y eso significa que has debido soñarlo, ni más ni menos. Es probable que tu subconsciente te haya hecho una mala jugada. Deseas tanto el regreso de tu padre que te ha parecido creer que lo has visto.
—¡Vaya una tontería! —Laura se enfureció—. ¡Sé muy bien lo que he visto y lo que no!
Sayelle no se dejó impresionar.
—Desde el punto de vista psicológico, es bastante fácil de explicar. Por un lado, tu mayor deseo es que tu padre vuelva. Cosa que se comprende, lo admito. Y, en segundo lugar, ¡tu fantasía es francamente desbordante, igual que la de tu hermano, de lo cual Marius tiene parte de culpa por el sinfín de historias, cuentos y leyendas que habéis tenido que soportar desde vuestra más tierna infancia!
Laura miró a su madrastra con aire sombrío.
—¿Acaso debería habernos leído noticias de economía, o qué? —le contestó.
—Sin duda habría sido más razonable —respondió Sayelle convencida—. Nunca es pronto para que los niños empiecen a familiarizarse con la dura realidad de la vida y, para eso, los cuentos y las historias no son apropiados en absoluto.
Laura torció el gesto irritada y miró a Lukas, que ya tenía otra vez la arruga marcada en la frente. Pero ninguno de los dijo ni una palabra, porque sabían que habría sido inútil.
—Y tercero —continuó Sayelle con su discurso, al tiempo que adquiría un tono ofensivo en la voz—, tercero, ¡después de casi un año, aún no has podido resignarte al echo de que nuestro querido Marius probablemente se haya esfumado, dejándonos en la estacada!
Laura dio un salto. Su taza se volcó con estrépito y el cacao se derramó sobre la mesa.
—¡Papá no nos ha dejado en la estacada! —gritó furiosa—. Lo sabes muy bien. Y tampoco ha sido ningún sueño, lo he visto bien claro de pie junto a mi cama.
Sayelle puso los ojos en blanco.
—¡Tranquilízate, Laura! ¡Y vuelve a sentarte, por favor!
Laura obedeció. Respiró fuerte y miró a su hermano en busca de ayuda, pero Lukas desvió la mirada. No le creía. Laura se lo notaba en la cara.
—Papá está vivo —dijo en voz baja—. Sólo que por alguna razón no puede volver con nosotros. Tenéis que creerme.
—Estás proyectando tus deseos —replicó Sayelle disgustada—. ¡Todo eso son meras elucubraciones tuyas! Marius se ha largado, es la única explicación razonable.
—No ha hecho nada de eso —dijo Laura esforzándose por mantener la calma—. Y lo demostraré, puedes estar segura.
—Vaya, ¿de verdad? —respondió su madrastra con un tono mordaz—. En todo este tiempo la policía no ha encontrado ni rastro de él, y el detective privado que contraté tampoco. Ni una sola pista. Ni una sola explicación, por pequeña que sea, de por qué desapareció. ¡Nada! ¿Y precisamente tú solita pretendes resolver este enigma? ¿No crees que tienes demasiadas pretensiones?
Laura entornó mucho los párpados, echando chispas de rabia por la ranura de sus ojos.
—Si quisieras a papá tanto como yo, me creerías —le espetó enfurecida.
Sayelle dio una palmada sobre la mesa tan fuerte que las tazas y los platos tintinearon.
—¡Ya basta, Laura! —prosiguió su madrastra con voz chillona—. ¿Cómo te atreves a decir algo así?
Asomó a sus ojos un brillo húmedo y por un momento pareció que iba a echarse a llorar. Agarró el bolso, sacó un pañuelo de papel y se sonó ruidosamente la nariz.
Nadie dijo ni una palabra.
Un moscardón empezó a zumbar en la pared, y de repente el guirigay de fondo de la radio se volvió tan escandaloso que no se podía soportar. Sayelle mordió de forma mecánica su tostada, y Lukas también continuó masticando. Queso fresco y mermelada por tercera vez.
Laura se sirvió una cucharada sobre los cereales. De repente hasta tenían sabor y todo.
—También me contó que he nacido bajo el signo del Trece —siguió diciendo obstinada en medio del silencio—. Y que formo parte de los Guardianes, y que tengo una misión especial.
—¿Qué clase de guardianes? —preguntó Lukas sorprendido—. ¿Y qué misión?
—Ni idea –Laura hizo una mueca de perplejidad—. Me dijo que se lo preguntara al profesor Morgenstern.
—¡A él, precisamente! –soltó Sayelle con pitorreo—. El profesor Aurelius Morgenstern es otro soñador igualito que tu padre. ¡Si acaso no es lo más! No entiendo cómo ese viejo desgreñado ha podido ser tan tiempo director del internado Ravenstein. ¡Me resulta incomprensible! ¡Que no haya arruinado por completo el internado es algo que para mí roza el milagro!
Laura callaba. No entendía por qué su madrastra no podía soportar al profesor y siempre hablaba mal de él. Pero ahora no era el momento de discutir eso.
—Si puedo darte un consejo, Laura —dijo Sayelle volviéndose a dirigir a la niña-, emplea tu tiempo en cosas más útiles que en trabar amistad con semejante chiflado. ¡En estudiar, por ejemplo, o en…! —De repente se interrumpió y tragó saliva llevandose la palma de la mano a la frente.
—¡Dios mío, por poco se me olvida! —dijo. Se levantó de un salto y se apresuró a salir de la cocina.
Al cabo de unos instante regresó con dos paquetitos planos en la mano envueltos en papel de regalo y se los tendió a Laura.
—¡Feliz cumpleaños, Laura! —dijo con una sonrisa forzada.
Laura contempló pensativa los regalos. «Vaya, no se había olvidado —se extrañó en silencio—. Seguro que otra vez son libros. Probablemente libros didácticos para mates y física. ¡Como si me hicieran ilusión! »
Miró a su madrastra con seriedad.
—Es muy amable de tu parte, Sayelle. Pero no quiero regalos. Mi único deseo es que papá regrese con nosotros, y si no, nada.
Sayelle respiró sofocada como un pez fuera del agua. Luego enarcó las cejas y la frente se le cubrió de arrugas. Por un momento dio la impresión que iba a empezar a soltar una horrible retahíla de improperios, y aunque en realidad Lukas no tenía nada que temer, éste encogió la cabeza entre los hombros sin querer. En cambio, Laura miró a su madrastra con toda tranquilidad. ¡Podía gritar y vociferar cuanto quisiese, porque a ella le daba igual!
Al parecer, de repente, Sayelle entendió. Cerró la boca y apretó los dientes hasta que rechinaron. Luego, los rasgos de la cara se le volvieron a relajar y en los labios se le dibujó una sonrisa perspicaz.
—Muy bien, Laura —dijo con calma—. Pero que muy bien. Será como quieras.
Se dio la vuelta y dejó los libros encima del armario de la cocina. Aunque la rabia la reconcomía por dentro, se consoló pensando que tarde o temprano Laura abriría los ojos. Pero, para entonces ya sería demasiado tarde. De repente empezó a reírse con sarcasmo y se llevó la mano a la boca para que los niños no pudieran verla. ¡Aquellos mocosos siempre creían saberlo todo! Pero no tenían ni idea.
¡Ni la más remota! Y se alegró de antemano al pensar en la cara que pondría Laura cuando se enterara de la verdad.
De toda la verdad. De la terrible verdad.

Laura y el Secreto de Aventerra: 2

Capítulo 2: Bajo el signo del trece.

La oscuridad se había abatido sobre Aventerra. Un viento glacial ululaba sobre la altiplanicie de Calderan y azotaba los poderosos arboles en los vetustos bosques de ribera hasta arrancar sus quejidos y lamentos. El vendaval hacia estremecer el mar de hierba plateada en la vasta llanura, acarreando nubes panzudas como corceles fugaces sobre el cielo rojo. Por eso, las dos lunas de Aventerra, la Luna Dorada de color amarillo azufre y la luminosa Estrella Azul de los Humanos, apenas conseguían iluminar con lánguida luz al más viejo de los planetas primigenios.

Hacia el norte, donde la llanura se truncaba abruptamente y la oscuridad de la tierra se confundía con el rojo crepuscular del cielo, se alzaba una poderosa fortaleza. Era Hellunyat, el antiquísimo castillo de Grialsburg. Sus gruesos muros rematados por almenas, las torres de defensa y la imponente torre del homenaje se perfilaban como una gigantesca silueta negra en el horizonte.
Igual que Aventerra, Hellunyat también existía desde el principio de los mundos, nadie podía recordar  cuando había sido construida la fortaleza, y todos tenían la certeza de que perdurara también hasta el final de los tiempos. No en vano, Hellunyat era la morada del Guardián de la Luz y sus vasallos.

Pero ahora el silencio de la noche había caído sobre Hellunyatt y sus habitantes. Todos dormían; sólo los vigías apostados en las cuatro torres luchaban contra la modorra.
Tarkan, un joven caballero y el viejo Marun hacían guardia en la torre Este. El alto y grandulón Tarkan  había terminado su formación en la última luna, y el Guardián de la Luz lo había acogido en el círculo de los caballeros. Apenas era su segunda noche de vigilancia, de manera que el muchacho  deambulaba intranquilo de un lado a otro. Nervioso, oteaba la llanura por las troneras de la torre. Sin embargo, allá donde mirara todo era apacible y silencioso: tanto al este, en la honda lejanía, donde estaba el traicionero Pantano Hediondo detrás de una estrecha faja del Bosque Áureo; como al sur, donde las escarpadas Montañas del Dragón delimitaban la llanura; o al norte, donde la tierra llana caía de forma abrupta sobre riscos escarpados en la lúgubre Quebrada Tenebrosa. Sólo se oía el ulular del viento. No obstante, hacia el oeste, en dirección al intrincado Bosque de los Murmullos, los muros del castillo obstruían la vista a los vigías.
El frío se le metió a Tarkan en los huesos, mientras se estrechaba bien la capa de fieltro sobre la coraza de cuero, un ruido fuera de lo común le produjo un sobresalto. Tarkan aguzó el oído, y, en efecto, allí estaba otra vez aquel horripilante grito. Ya había echado mano a la empuñadura de la espada, cuando tuvo claro que el causante de aquel sonido horripilante era un inofensivo silbador nocturno que hacía resonar su quejumbrosa llamada en la lejanía. Enfurruñado  consigo mismo, Tarkun sacudió ligeramente la cabeza.
Marun se limitó a esbozar una sonrisa. Con el paso de los años, para aquel hombre rechoncho el servicio de vigilancia se había convertido en una rutina desde hacia tiempo. El viejo caballero apenas podía recordar cuantas de aquellas aburridas, largas e interminables horas llevaba ya a sus espaldas. Pero, por lo menos, la experiencia le había enseñado que la eterna espera y la inmovilidad continuada podían hacerle a uno jugarretas así, durante el crepúsculo o en la oscuridad.  Con la tensión, hasta el ruido más inofensivo y las sombras cambiantes se le podían antojar a uno peligrosos. Sin embargo, Marun sabía que la calma y el sosiego era la mejor ayuda contra tales visiones y ensoñaciones. Así pues, se había sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared, con las manos cruzadas sobre su oronda barriga y daba cabezadas medio dormido. Pero, en aquel instante levantó la cabeza y miro de mal talante a Tarkan con los ojos entornados
Por Dios, Tarkan—se quejó—, me vas a volver loco con tu eterno ir y venir. ¡Cálmate de una vez y siéntate a mi lado!
—Tenemos guardia—replicó Tarkan con ligera obstinación—. Debemos vigilar que los Ejércitos Negros no se acerquen al castillo sin que los veamos.
—¡No me digas!  Aun ibas tú con pañales cuando hice mi primera guardia, ¿Y justamente tú me vas a explicar ahora lo que debemos hacer?
—No te lo tomes a mal Marun— respondió el joven— pero tú mismo has oído las palabras del caballero Paravain. ¡Desde que los poderes de la oscuridad se apoderaron del cáliz de la iluminación y lo escondieron en la Estrella de los Humanos, hay que contar con un ataque en cualquier momento!
—¡Error, amigo mío! — La voz de Manun sonó algo enfadada—. ¡Desde el principio de los tiempos debemos contar con el ataque! ¡Es más, incluso mucho después de que tu y yo ya no estemos aquí, n i nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos tampoco estén vivos, no habrá cambiado nada al respecto! Pero ¿Por qué piensas que has sido designado justamente tú para el servicio de la torre Este?
Tarkan miró al viejo sin comprender.
—Pues yo te lo desvelare, joven Tarkan — prosiguió Marun—. Como a todos los flamantes caballeros, Paravian también te ha puesto de servicio en la torre Este, porque el Príncipe Negro nunca ha conducido a sus tropas desde el este! Me oyes: ¡Las Huestes Negras nunca han atacado Hellunyat desde el este!
Tarkan se quedó como si le hubieran dado un mazazo.
—¿Y sabes por qué, además? —Preguntó Marun—. ¡Porque en esa dirección no tiene donde esconderse y por eso mismo podríamos verlos desde lejos, por eso!
—¿Quieres decir que el servicio aquí, en realidad, es un juego de niños? ¿Qué hasta un muchacho como Alarik, el escudero de Paravan, podría desempeñarlo?
—No. —Marun sacudió la cabeza—. El servicio en esta torre os debe servir a ti y a los demás jóvenes caballeros para familiarizaros poco a poco con el servicio de la guardia. Sólo quiero decir que no debes exagerar. No tienes necesidad de escudriñar constantemente en la oscuridad como si fueras un halcón nocturno. ¡Más vale que te sientes y concedas un poco de descanso  a tus pobres ojos!
Tarkun titubeó, sin saber qué debía hacer. El Guardián de la Luz había dejado su vida en manos de sus paladines y, durante la reciente ceremonia de armas, el caballero Paravain, el primero de los trece Caballeros Blancos, y por consiguiente, el jefe de la guardia del rey, había exhortado a los jóvenes caballeros a mantenerse en constante alerta en la lucha contra las Fuerzas de los Oscuros. Porque desde el principio de los tiempos, los Oscuros estaban en conflicto permanente con los Poderes de la Luz y se afanaban sin descanso en vencer sobre el bien en pos de la soberanía de la Nada Eterna.
Tarkan sacudió pensativo la cabeza. ¡No quería ni pensar qué pasaría si el enemigo conseguía entrar en Hellunyat justamente durante su servicio de guardia! Aunque, por otro lado, lo que Manun había dicho sonaba convincente, y llevaba al servicio de su señor mucho más tiempo que él. ¡Mucho más!
Tarkan escudriñó el exterior, oteando la llanura, pero no vio nada fuera de lo normal. Ni el menor movimiento. Ninguna sombra sospechosa. Nada. Se volvió hacia su camarada y éste le invitó a tomar asiento con una señal. Tarkan vaciló un momento más, pero luego se sentó contra el muro junto a Marun.
—Por fin te has vuelto razonable— murmuró el viejo que cerró los ojos. Poco después ya estaba roncando.
Sin embargo, Tarkan no podía dormir. No estaba a gusto en su pellejo.



Kastor Dietrich, un hombre de considerable estatura y de casi sesenta años, estaba apoyado perezosamente en la barrera de las cuadras. Mientras observaba a Laura restregar a su caballo blanco con un paño para secarlo, aspiró su pipa meditabundo. La niña le había contado su inquietante experiencia, y era evidente que aún estaba bajo los efectos de la impresión. Tenía la cara pálida y temblaba, a pesar de que en el establo hacía un calor agradable.
El granjero se Sacó la pipa de la boca, hizo ascender una nube de humo y sacudió la cabeza casi de forma imperceptible.
—No creo que sean solo figuraciones tuyas—dijo.
—pero no hay ninguna otra explicación, ¿no es así? — preguntó ella casi desamparada.
Kastor no contestó. Se había metido la pipa en la boca otra vez y parecía reflexionar. El olor especiado del tabaco de pipa le acarició a Laura la nariz, imponiéndose sobre los olores familiares del establo y los de los animales. Desde las cuadras vecinas se oían los resoplidos de otros caballos, el ruido que hacían con las pezuñas al escarbar, y hasta cómo masticaban con las mandíbulas el aromático heno del comedero.
—¿No es así? — repitió Laura con un tono más parecido al de una súplica que al de una pregunta.
El granjero Dietrich entornó sus ojos pequeños.
—mañana es tu cumpleaños, ¿no es cierto? —preguntó.
Laura estaba sorprendida.
—Cierto. ¿Cómo lo sabe?
El hombre sonrió con mucho misterio.
—Ésa no es la cuestión, Laura. Pronto lo sabrás. Al fin y al cabo, has nacido bajo el signo del trece.
—¿Bajo el signo del Trece? Ya estamos otra vez. ¿Y eso qué significa?
Kastor Dietrich se limitó a mover la cabeza con suavidad.
—¡Ten paciencia! — contestó—. ¡Pronto lo entenderás! ¡Créeme, Laura!
Dio un paso hacia STURMWIND y acarició al semental con cariño en el cuello.
STURMWIND tendrá una sed inmensa después de esa carrera infernal. Dale agua abundante y no escatimes el heno. ¡Se lo ha ganado! — y diciendo esto salió del establo.
Cuando Dietrich llegó afuera, al patio, ya había empezado a atardecer. El frío aire invernal se le metió en la nariz. Dietrich hinchó las aletas nasales y olisqueó una vez, y luego una segunda, como un animal que presiente un cambio de tiempo. Después miró al cielo, en el que se habían levantado unos nubarrones negros. Habría tormenta por la noche. Kastor Dietrich se volvió y miró a través de la puerta abierta del establo justo en dirección a la cuadra de  STURMWIND, donde Laura acababa de echar paja en el comedero con la horquilla.
La niña le tenía preocupado, muy preocupado.



El viento se aplacó. En el cielo, las abultadas nubes recobraron la calma y ocultaron las dos lunas. La Llanura de Calderan quedó sumida en las tinieblas negras de la noche.
En el lindero del ancestral bosque de ribera, desde donde un manto de hierba susurrante se extendía hasta el castillo de Griaslsburg, ahora todo estaba en silencio. Lo único que se oía era el leve susurro del espeso follaje en las ramas de los árboles. Después volvió a resonar la llamada del silbador nocturno que tanto había asustado a Tarkan. Larga y sonora avanzó a través de la oscuridad, hasta que un segundo pájaro le contestó.
Todavía se oyó brevemente un tercero, pero luego reinó de nuevo el silencio.
Era un silencio inquietante e irreal, que sólo era perturbado por un murmullo ronco.
Después salió el primer jirón de niebla del bosque.
Densa y negra, se arrastró entre los arboles hasta llegar rodeando por la llanura. Luego vinieron más, eran incontables; los cúmulos de niebla negra se alzaron de repente como un ejército negro, un ejército que crecía sin cesar. Los jirones de niebla, que rebasaban el tamaño de un hombre, susurraban entre sí. La  Niebla Susurrante no era nada fuera de lo común en Aventerra. Existía desde el principio de los tiempos, igual que los Vientos Cantores y las Sombras Danzantes. Pero esta Niebla Susurrante tenía una particularidad, puesto que en ella había vida, aun cuando fuera más fácil suponerla que reconocerla propiamente.
—¡Todos los hombres adelante! —susurraron los jirones de niebla, y entonces los cúmulos de vapor se extendieron rodando por la llanura de hierba susurrante hacia Hellunyat. A una distancia de seis largos de flecha de Grialsburg, se unieron en una poderosa marea negra que se movía casi de forma imperceptible y avanzaba acercándose cada vez más.
Un poco más de tiempo, y habrían alcanzado los gruesos muros próximos a la torre Este.



—¡Todo eso son bobadas! —gritó Sayelle sumamente irritada—. Nada más que cuentos de un viejo senil y charlatán— continuó diciendo, mientras vertía un gran chorro de aceite de una botella en una fuente de acero inoxidable con la mano izquierda.
Con la otra mano sostenía un batidor que agitaba con ímpetu dentro de la fuente.
—Bajo el signo del Trece, ¡eso es absurdo! Además, mañana es cinco y no trece, y tu horóscopo es sagitario. ¿Cómo puede afirmar el granjero que has nacido bajo el signo del trece?
Laura se encogió de hombros.
—Ni idea — dijo—. ¡Papa seguro que lo sabría! — Añadió después en voz baja—. O al menos, sabría donde consultar. —Diciendo esto, Laura se dio la vuelta y salió de la cocina.
Sayelle la siguió con una mirada de rabia
—¡Papa seguro que lo sabría…! — repitió imitando sin gracia a su hijastra.
De repente casi se quedó sin respiración mirando la fuente con los ojos como platos. La botella de aceite parecía como si se hubiera quedado congelada en el aire y el batidor estaba pegado al borde de la fuente.
—¡Mierda! —exclamó—. ¡Ya se ha vuelto a cortar esta maldita mayonesa!
Lanzó el batidor al fregadero y a continuación vació el contenido de la fuente de metal. Las gambas descongeladas aterrizaron en la basura. Después se quitó el delantal, lo colgó en un gancho y abandonó la cocina. En el pasillo cogió el teléfono inalámbrico y marcó. El número del servicio de pizzas a domicilio se lo sabía de memoria desde hacía mucho tiempo.



Tarkan tuvo un gran sobresalto. ¿Se había dormido realmente o sólo se había amodorrado? Escuchaba. Por el flanco derecho, Marun roncaba con suavidad, pero, por lo demás, no se oía nada. Absolutamente nada, ni siquiera el viento. De repente se volvió a acordar: las Fuerzas Negras eran capaces incluso de domeñar el viento, si éste les servía para sus fines, les había advertido el caballero Paravain.
Tarkan se levantó de un salto, empuñó la espada y oteó por encima de las almenas de  la torre vigía. Un gigantesco banco de niebla negro se había extendido ante el flanco este de Hellunyat. Sorprendido, el joven apretó los párpados y volvió a abrir los ojos. Nunca había visto nada semejante. La niebla negra era densa, casi impenetrable, y parecía estar dotada de una peculiar forma de vida. Aquel inquietante vapor se deslizaba muro arriba despacio y pronto los primeros velos de niebla empezaron a arrastrarse por las almenas de la muralla. De repente  Tarkan sintió el gélido frío que emanaba de ellos, y entonces descubrió que las inquietantes figuras ocultas en la niebla eran caballeros con armaduras negras. Protegidos por el vapor apenas se reconocían. Sus contornos fluctuaban constantemente, hasta el punto de que parecían confundirse con los velos de la niebla. Sólo sus ojos inyectados de sangre, en los que parecía brillar un fuego infernal, centellaban de forma claramente visible en la bruma. Tarkan se quedó helado hasta los tuétanos. ¡Eran guerreros de los Poderes Negros!
El caballero intentó proferir una fuerte llamada de alerta, pero el grito se le quedó retenido en la garganta. Sólo consiguió articular un sonido ahogado, como si un siniestro poder le arrebatara el aliento. Tarkan se asfixiaba y hacia esfuerzos desesperados por respirar. La espada se deslizó de sus manos ya sin fuerzas y cayó con estrépito al suelo. Entretanto, un gran jirón de niebla se arrastró por el remate de la torre. ¡Borboron, el Príncipe Negro en persona, se alzó ante Tarkan! Cuando el joven vio aquellos penetrantes ojos rojos que lo observaban sin piedad, fue demasiado tarde. Una poderosa espada surgió de la niebla y le atravesó la garganta. El joven caballero cayó de rodillas, dejando escapar de su boca un torrente de sangre y lamento.
—Perdóname, señor, he fracasado — articuló con una voz gutural apenas audible.
Luego se dio de bruces contra el suelo y murió. Sus ojos vidriosos ya no pudieron ver la horda de Guerreros Negros que se desprendía con sigilo de la niebla, sobrepasaba la muralla y penetraba en el interior del castillo de Grialsburg.
Pero Manun ya no roncaba. Porque el sueño eterno trae consigo el silencio absoluto.



Laura estaba de pie en el despacho de su padre, junto al escritorio, y hojeaba a toda prisa una gruesa enciclopedia con tapas de cuero. La definición bajo la entrada << trece>> no la ayudaba mucho: <<número primo, considerado un número de mala suerte en muchas cultura>>, se leía. Y bajo <<número>> tampoco tuvo mucha suerte. Decepcionada cerró el libro.
No había descubierto la más mínima referencia a lo que podía significar en especial aquel misterioso <<signo del Trece>>, del que había hablado el granjero. De repente se acordó de la cajita otra vez.  
La había visto de pura casualidad hacia unos años; su madre, Anna, aún vivía por entonces. Pensó preguntarle a su padre algo al respecto, pero en aquel momento no estaba en su despacho. Laura ya iba a salir cuando su mirada se detuvo en la cajita de madera y sintió un impulso irresistible de examinarla. Como guiada por un extraño poder se dirigió hacia el escritorio.
Era un joyero, y estaba adornado en cada uno de sus lados con extraños motivos que Laura nunca había visto. Justo cuando estiró la mano hacia la caja, su padre apareció de improviso y le mandó que dejara aquello. Laura retrocedió y dio un respingo del susto. Marius le aclaró enseguida con tono conciliador que el contenido de la cajita, sin duda alguna, era para ella, pero que debía esperar a recibirlo en el momento oportuno.
—En la festividad del trece sabrás qué significa— le explicó con una sonrisa, llevándose la cajita.
Al poco tiempo Laura se olvidó del incidente y desde entonces no había pensado nunca más en aquello.
Laura se quedó pensativa, con la mirada absorta. << En la festividad del trece— pensó—. ¿Tendrá esto algo que ver con el número trece? ¿Podría ser que el contenido de la caja me ayudara a descubrir el enigma? >>
La niña abrió el cajón grande de la mesa y empezó a revolver dentro. En el rincón del fondo, oculta debajo de un montón de apuntes escritos a mano, Laura por fin tuvo éxito en la búsqueda. Casi con recogimiento, colocó la caja ante ella, antes de volver a cerrar el cajón.
La caja medía unos trece por diecinueve centímetros, y unos tres de altura, y era tal como Laura la recordaba. En cuanto a los motivos de extrañas formas, se trataba de un trabajo de marquetería exquisito realizado en una madera noble de color claro. Después de contemplar el cofrecillo por todos lados, levantó la tapa y vio una joya sobre una almohadilla de terciopelo azul. Era una sencilla cadena con un colgante dorado.
Se llevó una sorpresa considerable. Por lo demás, el colgante no era especialmente grande. Representaba una estilizada rueda con ocho radios, y tenía un diámetro de unos tres centímetros como mucho. A juzgar por su peso, debía de ser de oro puro.
Laura se quedó mirando la cadena embelesada. ¿Cómo habría llegado su padre a poseer una pieza tan valiosa? ¿Y por qué iba a ser para ella, sin duda alguna?
—Es raro— murmuró pensativa para sí—. Cualquiera lo entiende.
Una voz a su espalda le respondió.
—¡ Ten paciencia, Laura, muy pronto lo entenderás!
Un escalofrió le recorrió la espalda y el corazón le empezó a ir más deprisa de lo que su caballo había galopado jamás.
<< ¡Pero si ha sido la voz de mamá! —se estremeció—. ¡Sin embargo, mamá está muerta! ¡Desde hace ocho años! ¡Es completamente imposible que hable conmigo!>>
Laura tomó aliento sofocada y el sudor le acudió a la frente. Despacio, muy despacio, se dio la vuelta y, conteniendo la respiración, paseó la vista por la pequeña estancia. Allí no había nada.  No había nadie a quien descubrir, y menos aún a su madre.  Sólo había una fotografía de Anna Leander, en un marco, colgada en la pared.
Laura dio un fuerte resoplido y el pulso se le tranquilizó de nuevo. Volvió a dejar la cadena en la cajita, la guardó y dio unos cuantos pasos hacia la foto para contemplarla más de cerca. La debían haber tomado pocas semanas antes de su muerte. Anna tenía veintiocho años entonces y era una joven guapa, muy guapa, pensaba Laura; de ella habían heredado ambos hermanos, el cabello rubio y los ojos azules. Anna parecía pensativa en la fotografía.
Tal vez presintió lo que pasaría, se le pasó a Laura por la cabeza, aunque al instante desechó tales pensamientos. ¿Cómo iba a ser posible algo así? Nadie, de hecho, nadie podía prever que unas semanas más tarde, durante el trayecto desde Hohenstad hasta Ravenstein, Anna Leander se vería obligada a esquivar a dos grandes   perros negros que, de repente, aparecieron como de la nada delante del coche, haciendo que perdiera el control del automóvil y se precipitase en el lago.
<< ¡Nadie!>>
Laura pasó la mano por el marco con delicadeza.
Entonces ocurrió: Anna Leander esbozó una suave sonrisa con sus labios carnosos y asintió con la cabeza a su hija para infundirle ánimos. Laura se sobresaltó y sin querer dio un paso hacia atrás. El cuero cabelludo le empezó a picar y se percató de que los pelos de la coronilla y de la nuca se le ponían de punta.
<< ¡Nooo!>>
En aquel momento Lukas entró en la estancia y vio que su hermana miraba fijamente la fotografía de su madre con una palidez mortal en la cara.
—¿Qué te ocurre, Laura? —le preguntó extrañado.
Laura no respondió, sino que siguió con la vista clavada en la fotografía. La sonrisa había vuelto a desaparecer del rostro de su madre. Anna miraba a su hija seria y pensativa como siempre.
Lukas tocó en el hombre a su hermana.
—Laura, dime, ¿Qué pasa?
Laura sacudió confusa la cabeza como si quisiera asegurarse de que no estaba soñando. De algún modo, todo aquello debían de haber sido figuraciones suyas, no había ninguna otra explicación. Pero, por otro lado, estaba bien segura de que su madre le había sonreído, y también de haber oído su voz con toda claridad.
—¡Muy pronto lo entenderás, Laura! — le había dicho.
<< ¿Qué está ocurriendo aquí?, ¡maldita sea otra vez!>>
—¡Oye! —Lukas sacó a Laura de sus pensamientos con poca delicadeza—. ¿Y no hablas conmigo, o qué? ¿Qué pasa?
—¡Na…na… nada! —Tartamudeó Laura—. ¡No es nada!
Lukas guiñó el ojo izquierdo y la miró con escepticismo. La arruga se le había vuelto a marcar en la frente.
—Mira lo que he descubierto—dijo mientras le tendía una hoja impresa desde el ordenador—. He estado navegando un poco por internet y me he topado con una página web sobre los mitos. Mira lo que dice.
Bajó la vista hacia el papel y leyó:
—<<En numerología mítica, el número trece desempeña un papel muy importante, según ésta, el año empieza y termina el día del solsticio de invierno; este periodo de tiempo se divide en trece lunas, cada una de las cuales comprende veintiocho días. Por este motivo, en muchas culturas, el número trece se considera también un número sagrado. Es más, a las personas que cumplan años el día trece de la  decimotercera luna se les atribuyen poderes y facultades muy especiales, porque han nacido bajo el signo del trece.>>
Lukas dejó caer la frase tal cual y miró a su hermana expectante.
Pero Laura se limitó a poner cara de perplejidad.
—No entiendo qué puede tener que ver eso conmigo.
Lukas se mostró seriamente desconcertado.
—¿De verdad que no?
Laura sacudió la cabeza.
—No, de verdad que no.
Lukas puso los ojos en blanco, irritado.
—¡Es muy propio de un micrococo! —dijo.
Laura no reaccionó al insulto. Una palabra que Lukas se había inventado para denominar a las personas denominar a las personas que no tenían un supercerebro como él. Con su elevado coeficiente de inteligencia, él evidentemente se consideraba un megacoco, como Albert Einstein, por ejemplo, o Stephen Hawking, el astrofísico inglés.
La voz de Lukas  resonó con aire de suficiencia cuando prosiguió.
—¡Pero mira que es fácil! Piénsalo bien. Si el año empieza y termina en el día del solsticio de invierno, que es el veintiuno de diciembre, como deberías  saber, y ese periodo de tiempo se divide en trece lunas con veintiocho días cada uno, entonces el día trece de la luna decimotercera es… ¿y bien?, ¿qué crees…?
Lukas miró a su hermana por encima de las grandes gafas que se le habían bajado hasta la punta de la nariz. Sin embargo, Laura sólo frunció el ceño enfadad. << ¡Maldita sea!>>, no  podía soportar a su hermano cuando de hacia el sabelotodo. Claro que sabía más que ella. ¡Tampoco era de extrañar! Sí siempre estaba con la cabeza metida en alguno de esos libros de ingenio, o investigando en Internet los conocimientos científicos más recientes… ¡Pues vale, a su rollo! Mientras no fuera por ahí presumiendo, o se figurara que él era mejor por eso, ella no tenía nada en contra.
—¡Jovar, Lukas!, ya sabes que en matemáticas no soy tan buena como tú— le dijo irritada.
—Esto no tiene nada que ver con las matemáticas— explicó con una sonrisa burlona y presuntuosa—. Sólo es un simple problema de cálculo que cualquier escolar de cuarto curso puede resolver.
Laura hizo una mueca.
—Si tú lo dices—gruñó bastante resentida—. ¿Y cuál es la solución, míster megacoco?
Lukas esbozó  una sonrisa burlona. Le divertía tomarle el pelo a  Laura.  La forma más fácil de conseguirlo era cuando le refregaba por los morros que él tenía grandes conocimientos en muchas áreas y que sabía más que ella, a  pesar de ser menor y estar en un curso por debajo del suyo. Como iba muy adelantado sobre todo en las asignaturas de ciencias, hacía mucho que había dejado atrás también a Laura, naturalmente.
—¡Vamos a ver, escucha! —le explicó en un tono engreído—. El día trece de la luna decimotercera, según el calendario mítico, se corresponde con nuestro cinco de diciembre. ¡Es decir, el día de tu cumpleaños!
—¿En serio? —preguntó Laura estupefacta.
—En serio— asintió Lukas—. ¡Es algo lógicosible!
Laura puso cara de asombro.
—¿Lógico-qué…?
— Lógicosible— repitió su hermano, y entonces por fin ella comprendió que Lukas había vuelto a inventar otra palabra nueva—. Así que el granjero tiene toda la razón— prosiguió el muchacho—. ¡En efecto, has nacido bajo el signo del Trece!
—Mmm —murmuró Laura—. Suena convincente. Pero, aun así, ¿qué tengo que ver yo con ese extraño calendario o cualquiera de esos mitos?